Dar a luz en la belleza
Sobre la creación, la belleza y por qué hacer algo nuevo es la forma más alta de amar lo real
Hubo una vez un fuego que aprendí a mirar. Uno solo, que en una dirección se llama enamoramiento y en otra, curiosidad: la misma fuerza que hace que algo fuera de uno importe tanto como para salir a su encuentro. Una recibe lo real, la otra lo entiende; las dos se inclinan ante lo que hay y le dicen “sos así, y mi tarea es quererte y comprenderte, no inventarte”.
Pero hay algo que ese fuego hace y que ahí no nombré. Después de salir de uno mismo, después de abrazar al otro y al universo, después de entender y de arrancarle algún misterio, llega un momento en que la cosa no alcanza. Uno quiere, encima, hacer. Agregarle al mundo algo que no estaba. Construir algo nuevo y volverlo tan real como lo que encontró.
Eso es crear. Y durante un tiempo me pareció que era casi lo contrario de todo lo anterior: si amar es rendirse a lo real, ¿no es crear, más bien, imponerle al mundo nuestra fantasía? Pero cuanto más lo miro, menos lo creo. La creación no es la traición del amor a lo real. Es su tercer movimiento. El que ama y entiende de verdad, en algún momento, desborda —y lo que desborda, lo hace.
Dar a luz en la belleza
Empecemos por una pregunta que quizás también es tuya: ¿por qué, cuando creamos, buscamos belleza?
La respuesta más vieja y más linda la dio Platón hace veinticuatro siglos, por boca de Diótima, la misma que en aquel otro ensayo nos enseñó la escalera del amor. Diótima dice algo raro al principio: que el amor no desea la belleza, sino “dar a luz en la belleza”. Todos —dice— estamos preñados, de cuerpo y de alma, y andamos por el mundo con eso adentro, pesándonos. Y la belleza es lo único que nos hace parir. No es el destino del deseo: es la partera. Frente a algo bello, el alma que estaba preñada por fin puede dar a luz: un hijo, una idea, una ley, una obra.
Mirá lo que eso resuelve. La belleza ya era, en “El mismo fuego”, la chispa: lo que nos detiene y nos captura. Ahora resulta que es también lo que el parto trae al mundo. El amor responde a la belleza y responde creando belleza. Buscamos belleza cuando creamos porque la belleza es las dos puntas a la vez: lo que enciende el fuego y lo que el fuego, al final, hace.
Y hay una versión de esto en mi propio oficio, que es el de hacer cosas que entiendan el mundo. Paul Dirac, uno de los físicos más raros y más grandes del siglo veinte, decía algo que suena a herejía: que importa más la belleza de una ecuación que su ajuste con el experimento. Le preguntaron cómo había dado con la ecuación que lleva su nombre —la que, de yapa, predijo la antimateria años antes de que nadie la viera. Contestó: “la encontré bella”. No lo dijo por coquetería, ese era su método. Para Dirac la elegancia era una brújula hacia la verdad: si la matemática salía fea, algo estaba mal, aunque los datos cerraran. Y vaya que interesante el cruce que se produce ahí: el que inventa —el matemático que se da sus propias reglas— y el que descubre —el físico que las lee escritas en la naturaleza— se encuentran exactamente en la belleza. Crear y entender, otra vez el mismo fuego.
Desbordar
Bien, buscamos belleza. ¿Pero qué nos empuja, en primer lugar, a hacer?
Hay dos respuestas, y son opuestas y a la vez la misma. La primera, otra vez Diótima: creamos por falta. Somos mortales, se nos acaba el tiempo, y al engendrar algo —un hijo, una obra, una idea— tocamos un pedacito de lo que no se muere. Creamos para no desaparecer del todo, para dejar algo que siga andando cuando nosotros ya no estemos. Es el fuego que viene de saberse finito, el mismo que en el otro ensayo volvía precioso cada instante.
La segunda respuesta es la de Nietzsche, y dice lo contrario: creamos por desborde. No desde el hueco, sino desde lo lleno. En el Zaratustra la virtud más alta es la que regala, y la imagen es el oro y el sol: dan porque tienen de sobra, no porque se vacíen. Crear, así, no es tapar una falta sino derramar una abundancia. El fuego se hizo tan grande que ya no entra en uno, y tiene que salir, hacerse cosa, hacerse mundo.
Y también hay una tercera que abraza a las dos, de Hannah Arendt, que me parece la más humana. Ella lo llama natalidad: la capacidad de empezar. Cada vez que alguien nace, entra al mundo algo absolutamente nuevo, que no estaba y que no se podía deducir de lo anterior. Para Arendt, esa es la raíz de toda libertad: que somos seres capaces de iniciar. Crear es nacer otra vez, y hacer nacer. No es raro que cueste tanto: estás metiendo en la realidad algo que antes, sencillamente, no existía.
Hacerlo real
Queda una pregunta más difícil: ¿cómo algo que uno inventa se vuelve tan real?
Tolkien —el de los hobbits, sí, pero también alguien que pensó en serio qué es crear— tiene una imagen que me gusta mucho. Lo llamó sub-creación: hacemos mundos secundarios, mundos que no existen, y sin embargo, cuando están bien hechos, se vuelven reales. ¿Cómo? No escapando de las leyes de lo real, sino obedeciéndolas. Un mundo inventado se sostiene cuando tiene por dentro la coherencia de lo real: cuando sus partes se deben unas a otras con la misma seriedad con que las cosas del mundo se deben entre sí. “Seguimos creando”, escribió, “según la ley con que fuimos hechos”. Por eso una buena novela, una buena ecuación, un buen edificio te resultan más verdaderos que un montón de datos sueltos: porque llevan adentro la consistencia de lo real.
Y acá entra el que más me gusta para la pregunta, un napolitano del 1700 medio olvidado, Giambattista Vico. Contra Descartes, que buscaba la verdad en las ideas claras de la cabeza, Vico tiró un principio que todavía me da vueltas: lo verdadero y lo hecho se convierten —verum et factum—. Conocemos de verdad, hasta el fondo, solo de lo que hacemos. La naturaleza uno la mira desde afuera; pero lo que uno construye lo conoce desde adentro, porque conoce sus causas: las puso uno.
Es interesante, porque da vuelta toda la historia. Si en “El mismo fuego” entender era inclinarse ante lo real dado, Vico dice que la forma más alta de entender no es mirar: es hacer. El que arma un modelo, un sistema, un mecanismo para ver si el mundo funciona así, no está haciendo algo menor que entender. Está entendiendo de la única manera que llega hasta el hueso. Hacemos para saber. La creación no es la hermana frívola de la curiosidad, sino que es la curiosidad llevada hasta sus últimas consecuencias.
La fantasía honesta
Pero acá vuelve, puntual, el fantasma de “El mismo fuego”.
Allá el peligro era el enamoramiento de fantasía: armarse una versión ideal del otro en la cabeza y enamorarse del invento en lugar de la persona real. La creación tiene exactamente la misma sombra. Está la fantasía que escapa: la obra que le da la espalda al mundo, que solo repite el deseo del que la hizo, que es bonita y a la vez hueca porque no le rinde cuentas a nada. El kitsch, la pose, la mentira cómoda. Crear puede ser la forma más alta de salir de uno —o la más sofisticada de encerrarse.
¿Dónde está la línea? Otra vez Nietzsche, con una frase que parece contradecir todo lo que vengo diciendo pero que en realidad lo completa: “tenemos el arte para no perecer de la verdad”. Lo real, a secas, a veces es insoportable. El arte no lo niega, le da una forma que podemos mirar sin quemarnos, y hasta afirmar. O sea que crear no es huir de lo real; es hacerle un lugar donde quepa en nosotros. La diferencia entre la fantasía que escapa y la creación que vale es la misma que separaba al amor inmaduro del maduro: ¿le sigue rindiendo cuentas a lo real, o se fuga de él? La fantasía honesta no inventa para tapar el mundo. Inventa para decir, de un modo nuevo, algo verdadero del mundo que de otra manera no se podía decir.
El mismo fuego, otra vez
Y termino donde, sospecho, terminan todas estas cosas.
¿De dónde sacamos, nosotros, bichos chiquitos y de paso, esta manía de hacer? Hay una respuesta que me parece la más honesta y la más vertiginosa: la sacamos de que estamos hechos de lo mismo que hace todo. El universo no es una cosa terminada que uno mira desde la tribuna; es, según lo miran Bergson o Whitehead, un puro hacerse, un avance que no para de inventar formas que antes no estaban. Las estrellas, la vida, vos, esto que estás leyendo: todo es el cosmos trayendo al mundo algo que no había.
Así que cuando hacés algo —nuevo, bello, verdadero— no le estás agregando nada ajeno al universo. Estás siendo una vez más el universo, por un rato, en el lugar exacto donde se volvió consciente de sí, ahí donde el mismo fuego que prendió las estrellas, y que te hizo mirar a una persona y enamorarte, y mirar el cielo y preguntarte qué hay más allá, ahora, a través tuyo, hace.
Amar era dejar que lo real entrara. Entender era inclinarse ante lo real. Crear es devolverle algo, y que ese algo sea tan real como lo que recibimos.
Es el tercer movimiento del mismo fuego. Y tenemos una sola vida para tocarlo.
Que no es poco. Es, de nuevo, exactamente todo.
Notas y referencias
Las fuentes con las que dialoga este ensayo, en orden de aparición:
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Platón, El Banquete (206b–209e). El discurso de Diótima —la misma que enseña la escalera del amor en «El mismo fuego»—: el amor no desea la belleza sino «dar a luz en la belleza»; estamos preñados de cuerpo y de alma, y lo bello es la partera. De ahí también la creación como forma en que lo mortal toca lo inmortal.
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Paul Dirac, «The Evolution of the Physicist’s Picture of Nature», Scientific American (mayo de 1963). Es más importante que una ecuación sea bella a que ajuste con el experimento: la elegancia como brújula hacia la verdad, el método con el que predijo la antimateria.
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Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra (1883–1885), «De la virtud que hace regalos». La virtud más alta es la que da; la imagen del oro y del sol, que dan porque rebosan y no porque se vacíen. Crear como derramar una abundancia.
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Hannah Arendt, La condición humana (The Human Condition, 1958). La natalidad: la capacidad de empezar, de introducir en el mundo algo absolutamente nuevo, como raíz de toda libertad.
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J. R. R. Tolkien, «Sobre los cuentos de hadas» (On Fairy-Stories, 1947) y el poema Mythopoeia (en Árbol y hoja, 1964). La sub-creación de mundos secundarios que se vuelven reales por su «consistencia interna»; y el verso «seguimos creando según la ley con que fuimos hechos».
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Giambattista Vico, De la antiquísima sabiduría de los italianos (De antiquissima Italorum sapientia, 1710). El principio verum et factum convertuntur: contra Descartes, conocemos de verdad solo aquello que hacemos, porque conocemos sus causas.
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Friedrich Nietzsche, nota de 1888 (La voluntad de poder, §822). «Tenemos el arte para no perecer de la verdad»: el arte no niega lo real, le da una forma que podemos mirar sin quemarnos.
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Henri Bergson, La evolución creadora (L’Évolution créatrice, 1907). El universo no como cosa terminada sino como puro hacerse, que no para de inventar formas nuevas.
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Alfred North Whitehead, Proceso y realidad (Process and Reality, 1929). La realidad entendida como proceso y devenir, no como sustancia fija.