Sun Jun 21 · 13 min de lectura

La película ya filmada

Sobre el tiempo, la libertad y por qué amar cada decisión aunque el futuro ya esté escrito

Hace unas semanas estaba cenando con una amiga en San Francisco. No me acuerdo cómo llegamos ahí, pero en algún momento empezamos a hablar de esos instantes —porque a veces son instantes, no épocas— en los que una decisión que tomás, o que dejás de tomar, termina cambiando de raíz quién sos. Dónde vivís. Con quién compartís tus mañanas. Un sí o un no dicho casi sin pensar, que años después mirás hacia atrás y ves convertido en el eje sobre el que giró todo. Pensá en el tuyo. Seguro tenés uno.

De ahí, como pasa siempre que la charla es buena, terminamos en el tiempo y en la elección libre. Y yo le compartí algo que me resuena y me parece bello: que según la física más fundamental que tenemos, eso que somos —vos, yo, la mesa, el vino— no es en el fondo una cosa. Somos excitaciones de campos. Hay unos campos que llenan absolutamente todo el universo, sin un solo hueco, y lo que llamamos partículas son vibraciones de esos campos, como notas en un instrumento que no termina nunca.

Así que somos, literalmente, un patrón. Un patrón hecho de campos que tocan todo lo que existe, profundamente conectado con el resto del cosmos, y —esto es lo que me dejó callado un segundo en la mesa— excepcionalmente hermoso.

Porque esas dos cosas —la decisión que pudo haber sido otra y el patrón que somos— chocan con algo que la misma física insinúa, y que es bastante más difícil de asimilar.

El reloj que no existe

Lo más sólido que sabemos del tiempo no viene de un filósofo: viene de Einstein. En la relatividad no hay un “ahora” universal, un instante presente que sea el mismo para todos. Dos personas que se mueven una respecto de la otra no coinciden en qué cosas pasan al mismo tiempo. Lo que para vos es presente, para alguien que pasa caminando puede ser ya pasado, o todavía futuro. Y si el presente de cada uno es igualmente real, entonces el pasado y el futuro de uno son el presente de otro, y se vuelve muy difícil sostener que solo un presente existe.

A una de las maneras de leer esto los físicos la llaman el universo bloque. El espaciotiempo no sería un escenario por el que el tiempo avanza, sino una estructura entera, de cuatro dimensiones, ya completa. Tu nacimiento, el año pasado, esta cena, tu muerte: todo estaría ahí, como los fotogramas de una película que ya está filmada. Y el paso del tiempo sería, en esta lectura, algo que ocurre en nuestra experiencia, no algo que le ocurre al universo.

Ojo: esto no es algo en lo que todos los físicos estén de acuerdo. Hay gente muy seria que rechaza esta lectura. Pero aunque sea discutible, vale la pena seguirla un rato y ver adónde nos lleva.

Einstein la creía de verdad, y la dijo en el peor momento posible, que es cuando uno dice lo que piensa en serio. Cuando murió Michele Besso, su amigo del alma de toda la vida, Einstein le escribió a la familia: “Para los que creemos en la física, la distinción entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión, aunque una muy persistente.” Un mes después se moría él. No era una frase dicha al pasar: era un hombre viejo despidiéndose de su amigo y buscando, en su propia física, una forma de consuelo.

La angustia del destino escrito

Y tal vez esta sea la consecuencia más inquietante de todas. Porque si la película ya está filmada, ¿qué sentido tiene elegir? Si el futuro existe tanto como el pasado, si el fotograma de dentro de diez años ya está ahí con todo su detalle, entonces aquella decisión de mi amiga, aquel sí o aquel no que cambió su vida, no cambió nada: ya estaba en el rollo. No había otra vida posible esperando del otro lado de la elección. Estábamos eligiendo lo que ya iba a pasar.

Y si es así, el anhelo de libertad, de creer que de verdad tenemos poder sobre nuestra vida, se esfuma. Para qué deliberar. Para qué tener coraje. Para qué arrepentirse o celebrar. Si somos espectadores de una función que ya terminó de rodarse y solamente la estamos viendo despacio, creyendo que la escribimos.

Esa es la anhedonia del determinismo. Y no voy a fingir que no me afecta. Esto es algo que me produce una profunda incomodidad en el alma. No pretendo hacerla desaparecer sin más para salvarme. Quiero mirarla más de cerca, porque de cerca el cuadro se vuelve más raro de lo que parecía.

Lo que todavía no está decidido

Lo primero que encontrás cuando mirás de cerca es que el mundo es mucho más extraño de lo que el bloque dejaría suponer. En el experimento de la doble rendija, una partícula no parece tener una historia definida hasta que la medís: se comporta como si hubiera pasado por los dos lugares a la vez, y solo al observarla “elige”. Pero conviene aclarar algo que suele generar confusión. En física, observar no significa que una persona mire. Significa interactuar. Una partícula chocando con otra. Un fotón siendo absorbido. Un detector registrando una señal. Todo eso cuenta como observación. El universo está observándose a sí mismo todo el tiempo.

Hay una versión todavía más vertiginosa de este experimento, el borrador cuántico de elección retardada, donde la decisión de cómo mirar se toma después de que la partícula ya pasó. A veces se exageran muchísimo las consecuencias de ese experimento. No te deja cambiar el pasado. No te deja mandar mensajes hacia atrás en el tiempo. No hay máquina del tiempo escondida ahí adentro.

Y además hay otro problema. Incluso si el mundo cuántico no estuviera completamente escrito, eso tampoco recupera automáticamente la libertad. Que algo tenga azar no significa que sea libre. Una moneda tampoco es libre. Cambiar destino por azar no resuelve la pregunta. Pero sí deja una incomodidad interesante: quizás la historia del universo no esté escrita de la manera simple en que solemos imaginarla.

Hay físicos que llevan esta intuición mucho más lejos. Julian Barbour, por ejemplo, propone que el tiempo directamente no existe. Que lo único que hay es una cantidad inmensa de configuraciones posibles del universo. Ahoras. Todos coexistiendo. Algunos contienen registros de otros. Y de ahí nace la sensación de pasado. Puede estar completamente equivocado. De hecho, la mayoría de los físicos probablemente dirían que sí.

Pero hay algo en esa imagen que me cuesta soltar. Porque ahora la película ya no es un único rollo. Es todo lo posible. Y nosotros somos un hilo de consciencia recorriendo uno de esos patrones.

Hay que correr la película

La idea que más me ayuda a reconciliar estas tensiones viene de Stephen Wolfram. Se llama irreductibilidad computacional. La intuición es simple. Hay sistemas para los que existe un atajo. Si querés saber dónde va a estar un planeta dentro de mil años, no hace falta esperar mil años. Hacés la cuenta y listo.

Pero hay otros sistemas para los que no existe ningún atajo. La única forma de saber qué va a pasar es dejarlos correr. Paso a paso. Sin saltearse nada. Wolfram sostiene que el universo podría ser uno de esos sistemas. Y acá aparece otra duda bastante razonable. Aunque haya que correr el universo para saber qué va a pasar, eso no significa que los pasos no estén determinados.

La objeción es correcta. La irreductibilidad no rompe el determinismo. No te devuelve mágicamente el libre albedrío. Lo que hace es otra cosa. Le saca al determinismo su parte más deprimente. La idea de que la vida es redundante. La idea de que ya está toda dicha en otro lado y nosotros apenas la repetimos. Porque aunque la película esté filmada, no existe ninguna manera de conocerla salvo proyectándola.

El único lugar donde el fotograma de dentro de diez años se vuelve real, vivido, con su sabor y su peso, es en el acto de llegar hasta él. El bloque puede estar completo en algún sentido matemático. Pero la experiencia no sobra. Porque aunque la película ya estuviera filmada, todavía hay que vivir ese momento extraño en que dos personas se miran y algo se reconoce. Todavía hay que sentir cómo el mundo se vuelve un poco más luminoso cuando aparece alguien que amamos. Todavía hay que temblar, reír, tener miedo, animarse. El universo podrá contener todos los fotogramas, pero nadie puede enamorarse por adelantado. La experiencia es el único lugar donde la realidad se siente desde adentro.

Y vos, deliberando, dudando, cambiando de opinión en una mesa de San Francisco, no estás afuera del cálculo. Sos parte del cálculo. Tu deliberación es uno de los pasos. Uno de los movimientos necesarios para que exista ese patrón y no otro.

El patrón que somos

Y eso me devuelve al patrón. Porque cuanto más pienso en todo esto, más sospecho que el patrón era la idea importante desde el principio. Si somos excitaciones de campos que llenan todo el universo, entonces lo que sos no es una cosa sólida separada del resto. Sos una forma. Un arreglo particular de materia y energía. Un dibujo irrepetible en la trama del cosmos. Y quizás lo valioso esté justamente ahí. No en que el patrón avance. No en que el patrón cambie. Sino en que exista.

Que el rollo entero esté filmado no le quitaría nada a la belleza del fotograma. Al contrario. Un acorde no es menos hermoso porque sus notas ya estén determinadas. Una constelación no es menos hermosa porque no pueda moverse. La cara de alguien que amás no necesita un futuro abierto para ser hermosa.

Y si la película está hecha, entonces ese patrón que sos —con tus decisiones adentro, con tu coraje, con tus errores, con todo eso formando parte de su forma— sería un hecho eterno. No algo que pasó y se perdió. Algo que es. Algo que es fue y será siempre.

Amar cada fotograma

Hay alguien que llegó cerca de esta idea sin física, hace casi siglo y medio, y la expresó mejor que nadie.

Nietzsche. En La gaya ciencia imagina a un demonio que se te aparece en tu noche más sola y te dice: Vas a vivir esta vida otra vez. Y otra. Y otra. Infinitas veces. Cada alegría. Cada dolor. Cada error. Cada decisión. Todo exactamente igual. Lo llama el peso más grande. Y la pregunta es brutal: ¿Te tirarías al piso maldiciendo, o sería la noticia más hermosa que escuchaste nunca?

Su respuesta fue amor fati. Amar el destino. No resignarse a él. Amarlo. Querer que haya sido exactamente así. Hasta el último detalle. El eterno retorno de Nietzsche y el universo bloque de Einstein no son lo mismo. Pero se tocan en un lugar. Los dos te obligan a mirar tu vida como algo completo. Como una totalidad. Como un patrón.

Y si la película ya está filmada, entonces quizás no se trate de pedir otro guión. Quizás se trate de aprender a amar este. Escena por escena. Decisión por decisión. Fotograma por fotograma.

El último fotograma

Así que las dos puertas terminan llevándome a un lugar parecido. Por un lado, la irreductibilidad. Aunque todo estuviera escrito, hay que vivirlo. No hay atajo. Por otro lado, el patrón. Lo que somos podría ser algo más parecido a una obra que a un proceso. Algo completo. Algo entero. Algo hermoso.

No sé si eso alcanza para rescatar la libertad en el sentido fuerte. Sinceramente, creo que no. Pero sí alcanza para rescatar algo que para mí es igual de importante. El valor de cada decisión. El peso de cada gesto. La belleza de haber sido exactamente quien fuimos.

Y me sigue quedando una pregunta. La más grande de todas. Si la película entera existe, ¿cómo se filmó? Un rollo eterno no empieza. No tiene un primer fotograma. El tiempo está adentro de la película. No afuera. Así que la pregunta por el origen cambia. Ya no es qué pasó antes. Es por qué existe este patrón. Exactamente este. Y no otro. O ninguno. No tengo respuesta. Pero a veces me encuentro pensando lo mismo que aquella noche en la cena.

Quizás el patrón se eligió a sí mismo. Quizás dijo sí. Y si fue así, lo menos que podemos hacer los que estamos hechos de su materia es responder con el mismo sí.

Mientras tanto, sigo eligiendo. No a pesar de que la película quizás ya esté filmada, sino porque esas elecciones son parte de lo que soy. Y aunque ya estuvieran escritas, siguen siendo mías.

Tenemos una sola vida. Nuestra vida, con nuestras decisiones, nuestras alegrías, nuestros dolores, nuestros miedos y nuestros amores. La que tomamos en cada bifurcación.

Somos ese patrón, tan improbable, tan complejo, tan hermoso, tan profundamente conectado con todo.

Y lo único que de verdad hacemos con ella es elegirla.


Notas y referencias

Este ensayo cruza la física con la filosofía. Quiero subrayar algo: varias de las ideas que uso —el universo bloque, la no existencia del tiempo, la irreductibilidad como fuente de sentido— son interpretaciones discutidas, no resultados establecidos. Las tomo porque iluminan algo existencial, no porque la física obligue a aceptarlas. Las fuentes, en orden de aparición:

  • Frank Wilczek, The Lightness of Being: Mass, Ether, and the Unification of Forces (2008). La materia, en el fondo, no son cosas sino excitaciones de campos que llenan todo el espacio —lo que él llama el “Grid”—: somos un patrón de vibraciones en esos campos.

  • Hermann Minkowski, «Espacio y tiempo» (Raum und Zeit, conferencia de 1908), a partir de la relatividad especial de Albert Einstein (1905). El espacio y el tiempo fundidos en una sola estructura de cuatro dimensiones: el espaciotiempo.

  • El universo bloque y la relatividad de la simultaneidad: el argumento de C. W. Rietdijk (1966) y Hilary Putnam (1967); expuesto de forma accesible en Brian Greene, El tejido del cosmos (The Fabric of the Cosmos, 2004). Es una interpretación influyente, pero no la única: hay posturas presentistas y “del universo en crecimiento” que la rechazan.

  • Albert Einstein, carta a la familia de Michele Besso (21 de marzo de 1955). «Para los que creemos en la física, la distinción entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión, aunque una muy persistente.» La escribió semanas antes de su propia muerte.

  • John Archibald Wheeler, experimento mental de la «elección retardada» (1978–1983), y su realización en laboratorio: Yoon-Ho Kim, R. Yu, S. P. Kulik, Y. Shih y Marlan O. Scully, «Delayed “Choice” Quantum Eraser», Physical Review Letters 84 (2000). El camino de la partícula no queda fijado hasta la medición —sin que esto permita enviar señales hacia el pasado, y con la advertencia de que su lectura depende de la interpretación de la mecánica cuántica que se adopte—.

  • Julian Barbour, The End of Time: The Next Revolution in Physics (1999). No hay tiempo, solo un inmenso conjunto de «Ahoras» —configuraciones del universo, su «Platonia»—; la sensación de pasado nace de los «registros» que algunos de esos Ahoras contienen. Es una propuesta especulativa y minoritaria.

  • Stephen Wolfram, A New Kind of Science (2002) y el Wolfram Physics Project (2020). La irreductibilidad computacional: para sistemas como el universo no habría atajo, hay que «correrlos» paso a paso. Y el universo como una red de relaciones (un hipergrafo) de la que el espacio mismo emerge. (La irreductibilidad es compatible con el determinismo: no implica libre albedrío, solo la imposibilidad de un atajo.)

  • G. W. Leibniz, Correspondencia con Clarke (1715–1716). El espacio no es un recipiente absoluto sino el orden de las relaciones entre las cosas.

  • Friedrich Nietzsche, La ciencia jovial (Die fröhliche Wissenschaft, 1882), §341 («El peso más grande») y §276. El demonio del eterno retorno y el amor fati: aprender a ver como bello lo necesario y querer que lo que es haya sido así.

  • Friedrich Nietzsche, Ecce Homo (1888), «Por qué soy tan inteligente», §10. «Mi fórmula para la grandeza en el hombre es amor fati: no querer que nada sea distinto, ni hacia adelante, ni hacia atrás, ni por toda la eternidad.»

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